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Invención del aire acondicionado

-'Es un infierno afuera' escuché decir a una señora mientras esperaba ser atendida en la cola del banco.  El verano en el infierno dura doce meses al año. Las hogueras no paran de arder y nunca terminan de quemar a nadie. Sofocan la atmósfera que ya cerca del magma del centro geológico, dispone de una presión altísima y tremendamente hostil. Ya se sabe que los condenados a pasar el tiempo ahí, lo están por varias eternidades. Quien diseñó el antiparaíso lo hizo para que el tormento sea pleno y constante. Desde su principio, el ambiente desintegra a los desalmados y les hace pretender un arrepentimiento que ya les resulta tardío. El espectro infernal se llena de los siete pecados capitales, de forma tan burda que los abominados tratan de recordar oraciones a las que la misma pesadumbre y hostigamiento no les permite llegar. En un par de miles de años de esa gestión, sorprendió a la cúpula del Mal que la mayoría de condenados se tomara a broma toda la pesadumbre que al...

Arenga

La tribu ácida de los dulces encantos se descontentará si ocupás la punta de tu lengua donde a ella no la implique. Te señalará y tratará de traidor, de canalla. Vendrá en malón, buscando hacerte triste y presa para su nido. Buscará acapararte bajo sus alas de plomo. Te asegurará eterna y verdadera compañía. Vendará tus manos entre sí con áspera seda; te dará media satisfacción, la comodidad de un moderado placer, de la quietud, del descanso.  No hagas caso, no temas. El largo y amargo camino recorrido está en su recta final. La recompensa será abundante y el olvido se hará lluvia en las mentes livianas que hoy hacen pesar tu espalda de culpa. __ 13/12/12

Verdad del prólogo.

Abro el libro con ansias, paso rápidamente las páginas de presentación; dedicatorias, datos de impresión; pago de depósitos. Y encuentro una barrera moral: el prólogo. Aparece entre el libro y yo como un abogado de la corrección literaria. Ante él, ello y superyo se agarran de los pelos y yo, noqueado tras ese conflicto, asisto como al examen de ingreso de la facultad. Por una cuestión protocolar siempre hago el intento de empezar el libro leyéndolo. Y casi siempre también, llegando al tercer párrado huyo hasta el próximo título. El prólogo siempre es impertinente, siempre se llena de habladurías sin sentido, de anticipos que apagan la sorpresa, de obvias alabanzas al autor. No entusiasma; es pro [ante] logo [palabra], palabras antes de la palabra. Quiere asegurarse de encuadrarme en determinada forma, de ambientarme con ciertas imagenes, de acomodarme a ciertas palabras, de poner ketchup donde quizás yo hubiera puesto mayonesa. Funciona como guía turístico en un viaje que yo pr...

Genios de la calle

Rogelio volvía de su trabajo a las 9. La noche estaba fresca pero bastante pesada, parecía anticipar mucha lluvia. Esperaba el colectivo en la esquina de Independencia y Juan B Justo. Un auto descapotable lo hizo voltear la mirada, y cuando volvió a su posición normal el colectivo pasaba frente a sus narices… No se mosqueó, siguió esperando. Un hombre de aspecto un tanto extraño se le puso al costado, le pidió fuego. Prendió uno de los fósforos y sin encender ningún cigarrillo esperó a que se consumiera completamente.

La permanente

Los chicos en el barrio no la conocían por su nombre, era simplemente 'la gorda'. Iba religiosamente, cada mes a la peluquería. Su problema de aumento de peso era de una prosperidad inuscitada. En el último agosto fue y se sentó en el asiento de corte con cierto esfuerzo: Sólo después de menearse un poco entre los apoyabrazos pudo acomodarse. Preparada para pasar, como era costumbre, algunas horas de charla y cotilleo, pidió hacerse la permanente.

Fugitivo.

No me dice nada. O tal vez sí, y sea algo que no llego a escuchar. Se manifiesta como una voluntad, pero frente al papel vacío, como un vacío. -Así seguirá, me digo.

Peluca

En los bares de calle San Martín y caminando por esa peatonal, solía verse a un señor entrado en edad, siempre vestido con ropa clásica y lentes. Pero sobre todo rasgo, lo distinguía su notable peluquín de vivo color castaño. Si usted pregunta, nadie en Santa Fe lo conoce; aún así, todos lo reconocen. Repentinamente y frente a un bar lleno de viejos, hoy me acordé de él: hace al menos dos años que no se lo vé por sus lugares habituales. "Habrá muerto el pobre" pensé. Uno de los viejitos pelados, como leyéndome la mente, sonrió con picardía.