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Verdad del prólogo.

Abro el libro con ansias, paso rápidamente las páginas de presentación; dedicatorias, datos de impresión; pago de depósitos. Y encuentro una barrera moral: el prólogo. Aparece entre el libro y yo como un abogado de la corrección literaria. Ante él, ello y superyo se agarran de los pelos y yo, noqueado tras ese conflicto, asisto como al examen de ingreso de la facultad. Por una cuestión protocolar siempre hago el intento de empezar el libro leyéndolo. Y casi siempre también, llegando al tercer párrado huyo hasta el próximo título. El prólogo siempre es impertinente, siempre se llena de habladurías sin sentido, de anticipos que apagan la sorpresa, de obvias alabanzas al autor. No entusiasma; es pro [ante] logo [palabra], palabras antes de la palabra. Quiere asegurarse de encuadrarme en determinada forma, de ambientarme con ciertas imagenes, de acomodarme a ciertas palabras, de poner ketchup donde quizás yo hubiera puesto mayonesa. Funciona como guía turístico en un viaje que yo pr...

Genios de la calle

Rogelio volvía de su trabajo a las 9. La noche estaba fresca pero bastante pesada, parecía anticipar mucha lluvia. Esperaba el colectivo en la esquina de Independencia y Juan B Justo. Un auto descapotable lo hizo voltear la mirada, y cuando volvió a su posición normal el colectivo pasaba frente a sus narices… No se mosqueó, siguió esperando. Un hombre de aspecto un tanto extraño se le puso al costado, le pidió fuego. Prendió uno de los fósforos y sin encender ningún cigarrillo esperó a que se consumiera completamente.

La permanente

Los chicos en el barrio no la conocían por su nombre, era simplemente 'la gorda'. Iba religiosamente, cada mes a la peluquería. Su problema de aumento de peso era de una prosperidad inuscitada. En el último agosto fue y se sentó en el asiento de corte con cierto esfuerzo: Sólo después de menearse un poco entre los apoyabrazos pudo acomodarse. Preparada para pasar, como era costumbre, algunas horas de charla y cotilleo, pidió hacerse la permanente.

Fugitivo.

No me dice nada. O tal vez sí, y sea algo que no llego a escuchar. Se manifiesta como una voluntad, pero frente al papel vacío, como un vacío. -Así seguirá, me digo.

Peluca

En los bares de calle San Martín y caminando por esa peatonal, solía verse a un señor entrado en edad, siempre vestido con ropa clásica y lentes. Pero sobre todo rasgo, lo distinguía su notable peluquín de vivo color castaño. Si usted pregunta, nadie en Santa Fe lo conoce; aún así, todos lo reconocen. Repentinamente y frente a un bar lleno de viejos, hoy me acordé de él: hace al menos dos años que no se lo vé por sus lugares habituales. "Habrá muerto el pobre" pensé. Uno de los viejitos pelados, como leyéndome la mente, sonrió con picardía.

Acquamarina

Quién iba a decir, marplatense querida, que ibas a ser tan importante. Pasaron las cosas más grosas, pasaron las giladas... todo pasa y vos seguís siempre ahí, indeleble. Cuando te conocí y decidí estar con vos eras para mí una más del montón, solamente una forma de hacer las cosas más fáciles. Después, con el tiempo juntos, me encariñé cada vez más. Te mimé mucho, te hice muchos regalos, te ayudé a cambiar las cosas que te hacían andar mal. Tenemos que aceptar que te dejé más linda de lo que te encontré, aunque nunca pediste demasiado con tal de que sigamos adelante.

Diseño del destino.

Con el bolso entre las piernas, miraba a la gente rondar por la plataforma. El vendedor de revistas, el de gaseosas, el de sanguches, todos colaboraban al bullicio del ambiente, y éste colaboraba al gran bullicio de mi cabeza. Sólo faltaba que enganchasen la máquina para que pudiéramos abordar los asientos. Trataba de negociar con mi convencimiento, estableciendo las ganancias y las pérdidas, las oportunidades y las claudicaciones que me daba esta partida. Trataba de hilvanar las causas y pretender que sean justas, para someterme. Mi cabeza iba sin pensarlo, mirando cada vez más abajo. Algo de repente me hizo levantar la mirada. Me congelé ante lo que veía. Se detuvieron todos los pensamientos, toda la coherencia, toda la razón: Era ella preparando una sonrisa, y venía caminando hacia mí. -¡Viniste a despedirme! no te esperaba, qué sorpresa.- Y me apuré a abrazarla. -No vine a despedirte.- Me susurró cuando su boca estuvo en el lugar exacto.